Río de Janeiro fue fundada en 1565 por los portugueses, que la bautizaron oficialmente como «São Sebastião do Rio de Janeiro» en honor al rey Sebastián I.
También influyó un error de los primeros navegantes: cuando el marino Gonçalo Coelho entró a la Bahía de Guanabara en enero de 1502 pensó que estaba frente a la desembocadura de un río (de ahí el nombre Río de Janeiro, que es «Río de Enero», aunque en realidad es una profunda bahía).
Durante más de dos siglos fue una ciudad colonial relativamente secundaria frente a Salvador de Bahía, hasta que el boom del oro y los diamantes en Minas Gerais, en el siglo XVIII, la convirtió en el puerto de salida natural de esas riquezas.
Ese crecimiento económico la llevó a convertirse en capital del Virreinato en 1763.
Quizás el mayor evento de su historia sucedió en 1808: La familia real portuguesa completa, huyendo de las tropas napoleónicas, se trasladó a Río de Janeiro, que pasó a ser la única capital europea fuera de Europa.
Eso dejó una huella arquitectónica y cultural que todavía se nota en el Centro Histórico. Río siguió siendo la capital de Brasil independiente y luego de la República hasta 1960, cuando la capital se trasladó a la flamante Brasilia.
Perder ese rol político fue, paradójicamente, lo que le permitió consolidarse como la gran capital cultural, turística y «de imagen» del país.
Río de Janeiro es hoy la segunda ciudad más poblada de Brasil (después de San Pablo), con más de 6 millones de habitantes en el municipio y más de 13 millones en su región metropolitana.
Es la puerta de entrada turística más importante del país. Los visitantes son atraídos por esa particular combinación de playas de mar, montaña, selva urbana y vida cultural en un mismo paisaje.
Su contenido cultural fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2012. Esto la convierte en un caso prácticamente único entre las grandes metrópolis del mundo.
Es también una ciudad de contrastes muy marcados: barrios con lujo como Ipanema o Leblon conviven, literalmente pared de por medio, con favelas como la Rocinha, una de las más grandes de América Latina.
Entender esa convivencia (y cómo moverse con criterio entre ambas realidades) es parte de lo que un visitante debería saber antes de llegar.




